El Cristo, por su mensaje, también ha transmitido una jerarquía de valores universales, la parénesis ética, que sitúa al ser humano en el centro del actuar moral de los cristianos. .
La hermenéutica de la Historia de la Salvación-Liberación es orientada por la perspectiva de la liberación de los pobres en vistas a la formación de un pueblo estructurado sobre la base de nuevos criterios de pertenencia como la fe monoteísta, la ley mosaica y la exclusión de relaciones de dominación.
El Antiguo Testamento, según esta visión, constituye el testimonio popular de esta experiencia. Dicho de otra manera, representa la presencia bienhechora de lo divino en medio de las vicisitudes de la vida humana, pero también en el corazón de lo cotidiano (8).
Es un Dios que salva dentro de la historia, acompañando la marcha vacilante de la existencia humana. Él anima y devuelve el coraje a los afligidos mediante la voz de los profetas.
Evidentemente, el proyecto de Salvación-Liberación se inscribe en una perspectiva colectiva, única forma capaz de influir eficazmente en el curso de la historia. La condenación eterna representa el encierro en uno mismo y sus intereses privados. Asimismo, persistir en una fe privatizada es obligar a la gracia a permanecer evanescente y no ofrecer a los excluidos del banquete terrenal más que un escaso consuelo en la eternidad. Idealmente, la historia debe ser asumida de manera consciente por el Pueblo de Dios, el cual, generación tras generación, es invitado a volverle a descubrir el sentido.
De esta manera Romero reinterpreta las Escrituras a partir de la realidad de su país. Escrutando el efecto disolvente que su verdad posee sobre las proyecciones idolátricas que los poderosos perpetúan para mantener al pueblo en un estado semi-letárgico, construye así asombrosos paralelismos entre las narraciones del Éxodo o la cautividad en Babilonia, y la historia contemporánea de su pueblo (9).
Gracias a la recuperación de estos “relatos épicos”, él evoca el poder de Dios quien, con la ayuda de hombres y mujeres de buena voluntad, permanece en constante lucha contra las fuerzas de corrupción y decadencia.
Suscitando la toma de posición ante las coordinadas históricas, el prelado establece una dinámica de unidad y de esperanza allí donde la población experimenta persecución. Anima a los salvadoreños a perseverar ante las pruebas, recordándoles que Dios oye sus clamores y que vendrá más temprano que tarde a socorrerles y a castigar a los verdugos y a sus amos. Incluso si la liberación definitiva no acontece en la historia presente, Romero nos recuerda, a la manera de los libros de los Macabeos, que al final Dios vendrá a juzgar a vivos y muertos (10).
Incorpora, por otra parte, la tragedia humana a la intemporalidad del juicio escatológico, delimita la duración efímera de la vida terrestre en relación con la eternidad y desarma simbólicamente a los que creen triunfar para siempre.
La perspectiva de Romero restablece el sentido de lo sagrado revelado en Jesucristo, no como respaldo del poder, sino como reorientación definitiva de la historia a partir del oprimido. Así, frente a los imperios y los reinos que siempre se han adjudicado el poder absoluto y la representación de lo sagrado, la postura teológica de monseñor Romero establece precisamente la puesta en duda de la sacralización del poder manifestado en la profanación de la imagen divina inscrita en cada ser humano.
Con la Resurrección de Jesucristo, en cuerpo y en espíritu, la Salvación de alguna manera ha estallado en todos los sentidos y se nos revela en toda su plenitud. El Cristo, por su mensaje, también ha transmitido una jerarquía de valores universales, la parénesis ética, que sitúa al ser humano en el centro del actuar moral de los cristianos. Por eso, según el arzobispo, la concepción de la Salvación-Liberación se inscribe inevitablemente en la construcción de la salvación histórica. Para él, la Salvación-Liberación aparece como una experiencia de carácter colectivo mientras que la condenación corresponde esencialmente a un destino individual.
(8) Ver la homilía de 18 de marzo de 1979, en Ibid., t. VI, p.206-208. (9) Ver la homilía de 25 de marzo de 1979, en Ibid., T.VI,p.223. (10) Ver homilía de 25 de noviembre de 1979, en íbid., t. VI, p.180.
* Tomado de ADITAL ** Ponencia presentada en la Semana de Teología de la UCA, El Salvador.